lunes, 2 de septiembre de 2013

La felicidad conmigo misma.

Siento una presión tan fuerte en el pecho. Han pasado años y es como aquel día, como aquella tarde donde se me dijo y se me aclaró que lo que más anhelo no llegaría.
Desde entonces miro a mis ojos y veo una mirada perdida , apartada de todo ser y sin vida.
Ya no hay luz en ellos por un duelo que nunca termina, siento que la fuerza disminuye, los rumbos se acortan y las posibilidades escasean; el tiempo pasa y la esperanza se aleja como una hoja transportada por el viento a un lugar que nadie conoce.
Soy esa hoja, soy ese respiro inmenso en la rutina. Y acá estoy, sólo observando parada en el centro de mi mundo mirando el espectáculo que hay a mi alrededor, queriendo pasar inadvertida. No hay perdón, no hay regreso atrás. No importa cuánto quiera, tampoco si mis lágrimas son de cristal o de sangre... al parecer, nunca llegará.
Y acá estoy, deseando ser perfecta, deseando con toda mi alma aceptar la dura y estúpida realidad, deseando dejar de luchar contra el destino. Deseando ser lo suficientemente fuerte. Deseando no haber perdido tanto tiempo la espera de algo que nunca llegará... la felicidad conmigo misma.

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